Stoschek Artur Jafa Serpentine

trumpismus. Consideraciones del arte que quiere ser político y correcto.

Mi tia Magola, una señora muy refinada y con buen gusto, testigo de los cambios en la sociedad colombiana, en especial de aquellos originados cuando la narcoestetica se alineó perfectamente con los credos del gusto (taste) dictados por el diseño minimalistas tipo Miami, solía decirme para referirse a la absoluta falta de ideas y la riqueza de horrores que surgían cada día: mijito, less is not more…less es pobreza.

Dos cosas me han llamado la atención en los últimos meses. Primero, la exigencia moral de asumir una responsabilidad política dentro del mundo de las artes, lo segundo como esa exigencia moral estima que todo aquello que pueda ser discriminado, olvidado, minoritario, eliminado, injustamente tratado, de recolección histórica, con sabor colonialista, con aspecto de derecha, o conservador, constituyen la esencia de la responsabilidad política estética.

Esta exigencia moral tiene los siguientes aspectos. Es global, aparece en el mundo entero, es simultanea, se distribuye rápidamente a través de internet, pero a pesar de su aspecto de multitud, virtual, necesita de una reincorporación exacta y material: Trump. (de hecho, Trump también colabora en convertirse en la antípoda de la exigencia moral.)

Ahora bien, lo interesante de esta exigencia moral no radica en sus posibilidades de originar subjetividades que, por decirlo de alguna manera, sean más humanamente justas, o que acierten a alcanzar los universales antropológicos de justicia, bienestar, igualdad. Lo interesante de esta exigencia moral es que se ha convertido en un credo del gusto, en mejor sentido, de Taste.

Quien hoy tiene un buen gusto es quien enseña o incorpora esa exigencia moral.

Trumpismus podría llamarse a un movimiento de gusto que puede calcular sus efectos, en especial los económicos, a partir de las tensiones que se desarrollan en el juego por la responsabilidad política y lo ocioso, inútil y intrínsecamente inocuo que es parte constitutivo del arte. Pasadas las elecciones, varias obras de artes que reposaban desde hace algún tiempo en los bodegas de galerías, alcanzaron un nuevo status, y comenzaron a circular dentro de los pasillos de las ferias.

Wolfgang Tillmans, curiosamente en el momento en que sus obras alcanzaron precios records en las subastas, produjo lo que mejor sabe hacer: Posters. Posters anti brexit, posters anti afd. La convicción de que la acción política es correlativa a la de hacer arte es paradójica. Mientras sus fotografías enseñan una vida en tiempos del liberalismo, el mensaje es un imperativo moral: tomar parte en la acción democrática de elegir, simultáneamente limita esa acción, diciendo a quien NO se debe elegir.
Una participación democrática es más complexa que la foto amable y el texto corto. Sin embargo, de esa manera, y distribuyendo el link  por el cual se podía bajar el poster del internet, originó la apariencia de una participación directa democrática. Facilitó participar en el nuevo standard del gusto.

El pasus entre un imperativo moral y una prohibición bajo el rótulo de gusto, da lugar, a que en la irreflexión política causada por la confusión, los ganadores fuesen una camada de funcionarios que como se ha visto en las últimas negociaciones para la coalición del gobierno alemán, están preocupados en conseguir un buen puesto con todos sus beneficios y dietas.

Mientras el trumpismus persista, se venderán al por mayor, exhibiciones tan débiles como la Arthur Jafa, en la Julia Stoschek Collection,  donde el hábil Gavin Brown ha posiblemente dictado al artista la elección de materiales y de estrategias que logran poner una exhibición dentro del contexto contemporáneo. Video tipo YouTube, imágenes históricas que revelan la cruenta historia de racismo, – más fáciles que digerir que un libro o un relato- 3d print, print sobre aluminio, etc. Los costos de producción, se puede ver a primera mano, son superiores a los costos estéticos y artísticos.
Una mirada objetiva de los trabajos los revelan como absolutamente débiles. Se trata de una Rundgang (exhibición de alumnos de arte) del cuarto semestre, curada bajo la efigie de Hans-Ulrich Obrist.

El juego de autoridades y de producción, la elección de un tema y de su autor (y parece mentira que más de 50 años de la anunciada la muerte del autor, volvamos a éste como si fuese por su origen, su color, su historia más autoritario que cualquier otro), el acceso rápido a conflictos históricos e histéricos, producen un nuevo standar de gusto al que respondemos inmediatamente con el link o el corazón de I like it de instagram, originando beneficios económicos.

De cierta manera, parafraseando a mi tia Magola, diria, political art is not more human…is more economical.

 

Añado aquí replíca de Mario Asef que me parece bastante coordinada.

 

“Mi única observación es que me parece que le erras un poco al blanco con pensar que Wolfgang Tillmans se contradice con sus posters, ya que su posición es cláramente neo-liberal; económica y éticamente hablando (por ende también política). Por ejemplo, el Brexit es un paso en retroceso para el arte global, AfD significa un retroceso al mensaje del “todo vale” de la ideología neo-liberal; por supuesto él está en contra. Tomemos por ejemplo a Ai Weiwei, uno de los artistas políticos mas neo-liberal del momento. La idea es que a él le pagan por hacer propaganda neo-liberal con su obra. Estar del lado de los “buenos” es un negocio rentable. Es decir los altos precios de venta de una obra no contradicen la postura política neo-liberal de la misma ya que ambos solo pueden funcionar bajo un mismo criterio; el criterio neo-liberal”